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1 comentario en “Revista Matiz Cultural, edición No. 6”

  1. UN RUGIDO DE ESPANTO

    Vicente Antonio Vásquez Bonilla
    Embajador Universal de la Cultura
    Grado honorifico avalado por la UNESCO
    Tarija, Bolivia 2014

    ¡Cincuenta años!
    A primera vista, cincuenta años parecen una eternidad, pero se pasan en un suspiro.
    ¿Qué son cincuenta años ante el infinito?
    ¡Nada! Absolutamente nada.

    El día 3 de octubre de 1966, hace ya la friolera de diez lustros, a las 9:13 horas, me encontraba trabajando de manera apacible, rutinaria y con la tranquilidad de un joven sin mayores responsabilidades, en el Almacén de los Talleres Centrales de la Dirección General de caminos, de la ciudad de Guatemala. En igual forma, todo el personal de la institución estaba dedicado a sus labores, cuando de repente, sobre nuestras cabezas y a toda velocidad se nos aproximaba un creciente y ensordecedor rugido que hizo vibrar los vidrios de las ventanas y que a mí, me aterró, haciéndome temblar ante lo que parecía anunciar el fin del mundo. El espantoso ruido pasó sobre nosotros a toda velocidad y segundos después, escuchamos una ensordecedora explosión.
    Todos abandonamos nuestros puestos de trabajo y salimos a ver qué ocurría. En el cercano aeropuerto se elevaba una columna de humo negro, como aviso funesto de la tragedia que ese día enlutó a la Fuerza Aérea de Guatemala. Más tarde, nos enteraríamos que el teniente coronel Oscar Morales Duval y el teniente Juan Francisco Custodio Aceituno, como saetas en busca de la ansiada diana, acababan de ofrendar sus vidas en pro de salvar a muchos habitantes de las casas cercanas.
    Este hecho me conmovió, pues el ulular de la muerte había pasado tan cerca de nosotros, que si la inclemente Parca, decide ese día, llevarse más cristianos, la nave aérea hubiera caído sobre parte de Caminos, sobre los vehículos que circulaban por el boulevard Liberación o sobre las casas cercanas a la pista aérea. La valerosa decisión de los pilotos, de ofrendar sus vidas sin afectar a otros, mitigó el alcance del percance aéreo.
    Al día siguiente, fui al Banco de Guatemala y al momento de salir del edificio vi que el cortejo fúnebre de los malogrados aviadores pasaba por la séptima avenida rumbo al Cementerio. Sobre el cortejo sobrevolaban, una y más veces, tres aviones, creo que T33. Minutos más tarde, una llovizna cayó sobre la ciudad.
    Haber estado tan cerca del fatal accidente, ser testigo del paso del cortejo fúnebre de los dos pilotos y luego ver llorar al cielo, acabaron por tocarme el alma y me llevó a escribir un poema, que al poco tiempo, fue publicado en un diario local. Composición poética original que perdí y que no pude localizar en dos visitas que hice a la Hemeroteca Nacional. Siendo en este año, un significativo aniversario, me hubiera gustado publicarlo de nuevo en homenaje a esos dos, casi olvidados, mártires de la aviación chapina.
    Tratando de hacer memoria, creo que el poema se titulaba: A JUAN FRANCISCO Y OSCAR. Y mencionaba en la primera parte, que dos aguiluchos habían emprendido raudo vuelo en pos de la carrosa de fuego y que Apolo temeroso, celoso o quizás, molesto, al igual que lo había hecho con Ícaro, los derribó, derritiendo sus alas. En la segunda parte mencionaba que, la cuadrilla truncada, en postrero homenaje, sobrevolaba sobre el cortejo fúnebre y que hasta el cielo, con dolor, derramó sus lágrimas por la pérdida de dos de sus más apreciados ahijados.
    En la Fuerza Aérea Guatemalteca, una casi ignorada placa por las nuevas generaciones de pilotos y por el implacable tiempo, señala esa funesta fecha.
    Loor a esos dos heroicos pilotos que, en el crítico instante de casi cruzar la tenue línea fronteriza entre la vida y a la muerte, dispusieron que sus espíritus emprendieran un nuevo vuelo, el que no tiene límites ni el tiempo ni en el espacio.

    Guatemala, Octubre de 2016

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